




Habitualmente, una empresa de ciencias de la vida se crea cuando un emprendedor (frecuentemente investigador), o un pequeño equipo, identifica una oportunidad derivada de la actividad investigadora (muchas veces cofinanciada por la administración pública), protege la propiedad intelectual e industrial, realiza algunos análisis de viabilidad, escribe un primer plan de negocio y se rodea de algunos colaboradores.
Crear la empresa requiere fondos, por supuesto, y además de los fondos propios que aporte el equipo promotor, la primera financiación suele proceder de los conocidos como FFF (family, friends and fools), de las administraciones que aportan capital semilla generalmente, y de inversores individuales. Así, se inicia la aventura, con un modelo enfocado a producto, servicio o ambos, y con toneladas de ilusión.
Pero hacer crecer una empresa de biociencias –llegar a la comercialización de las innovaciones o simplemente progresar hasta una fase dada en el proceso de desarrollo- es una apuesta dura.
Para una industria basada en I+D y que depende de tecnologías innovadoras, la financiación es verdaderamente un reto, ya que se requiere un flujo de capital significativo para comercializar productos derivados de esas tecnologías o para llevar ese proceso (y la empresa en conjunto) hasta una fase de riesgo aceptable para los inversores. Así que, para tener éxito hacen falta estrategias adecuadas de financiación.
Este aspecto es particularmente importante en un periodo como el actual de dificultad económica, a pesar de la resiliencia demostrada por el sector. Las bioempresas deben desarrollarse en un contexto de escasez financiadora y condiciones de mercado difíciles, mientras que las start ups en concreto pueden además sufrir la presión de encontrarse en un estadío demasiado temprano para asegurar unas óptimas condiciones de licencia de sus productos (sobre todo en el ámbito biofarmacéutico).
Además de las restricciones financieras, factores como el incremento de la competencia y la regulación, la presión ejercida por clientes (usuarios) y compradores, los crecientes costes de desarrollo, y la demografía están produciendo notables transformaciones en la cadena de valor de las ciencias de la vida. Estos factores pueden afectar también a la capacidad de las empresas para proveer de soluciones innovadoras a la sociedad y generar valor a sus accionistas o partícipes.
Por lo tanto, los ejecutivos y promotores se enfrentan al reto de definir (o redefinir) e implementar modelos de negocio efectivos, adaptados específicamente a las necesidades de organizaciones intensivas en I+D, de capitalizar nuevas oportunidades y de optimizar la facturación y los beneficios –o de acelerar el proceso hacia beneficios- para crecer y aumentar el valor de la empresa.
El modelo de negocio define la manera en la que una compañía alcanza resultados superiores. Pero el sector de ciencias de la vida no sólo es heterogéneo y diverso, sino que, comparado con otras industrias más establecidas, puede considerarse en sí mismo una start up también. Por eso tanto ejecutivos como inversores continúan experimentando –en el mundo entero- con estrategias para alcanzar el éxito deseado.
A pesar de la diversidad de opciones y de la lógica evolución, los expertos coinciden en señalar algunos criterios esenciales, empezando por la identificación de necesidades no cubiertas y la cuidadosa selección de los programas de I+D, ligado a la habilidad de hacer progresar rápidamente los proyectos hacia hitos y a la capacidad de construir una buena cartera de proyectos/productos.
Muchos consideran que el éxito en el contexto actual requiere una mentalidad de supervivencia y el enfoque de permanecer independiente (sin pensar en la venta a otros como salida), aprovechando las oportunidades de partnering y explorando nuevas opciones como modelos semivirtuales con outsourcing.
La financiación, y nuevas formas de asegurarla, es un aspecto crítico y fue el tema estrella de un taller organizado por el Consejo Europeo de BioRegiones (CEBR) en Luxemburgo el pasado 29 de Junio, en el que participó BioBasque.
Pero finalmente, el talento es mucho más crítico. Los inversores saben que tener un buen equipo al frente del negocio es tan importante como tener una buena cartera de negocio cuando se trata de conseguir fondos. Muchas bioempresas tienen fundadores con elevados niveles de expertise técnico, pero los estudios demuestran que las empresas más exitosas tienen un equipo que aporta diversidad de bagajes, experiencia industrial y un claro enfoque hacia producto y mercado. Tener buenos asesores y el apoyo de éxitos anteriores, también ayuda.
Cuando la economía se recupere, las empresas mejor posicionadas serán más capaces de obtener éxitos. Algo similar podría decirse de regiones y países, donde todo el talento y conocimiento existente debería aunarse para asegurar un crecimiento sostenido. Citando un proverbio africano, “si quieres ir rápido, ve solo; si quieres llegar lejos, ve acompañado (vamos juntos)”. El crecimiento de la industria de las ciencias de la vida es responsabilidad de muchos, y el futuro de todos.


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